sábado, 3 de octubre de 2026

Arthur Lydiard en Venezuela: El legado eterno del maestro del fondo y el genio.

Arthur Lydiard en Venezuela: El legado eterno del maestro del fondo y el genio de Dr. Carlos Felice Castillo con Maria Garcia de Felice Por: Héctor López García "Oly" Canciller del Atletismo Venezolano, Word Athletics Venezuela. “Los campeones están en todas partes; lo único que se necesita es entrenarse adecuadamente…” Arthur Lydiard. Hay hombres que pasan por la historia del deporte dejando apenas una huella sobre la pista, y hay gigantes que transforman para siempre el suelo que pisan. Arthur Leslie Lydiard perteneció a la estirpe de estos últimos.
Cuando su figura, sobria y genial, desembarcó en Venezuela durante la gloriosa década de los años setenta, el atletismo de nuestro país cambió su rumbo para siempre y su legado continua inspirando.
Aquel encuentro histórico entre la vanguardia del entrenamiento mundial y la semilla del atletismo criollo no fue un hecho fortuito. Fue la visión estratégica de uno de los dirigentes más ilustres que ha parido nuestra Patria: el Dr. Carlos Felice Castillo, pilar fundamental y uno de los mejores presidentes en la historia del Instituto Nacional de Deportes (IND). Carlos Felice, visionario incansable, entendió que para ser los mejores había que traer a los mejores, abriéndole las puertas de nuestra tierra a la mente maestra que revolucionó las carreras de aliento en el planeta. De la adversidad en Auckland al Olimpo mundial. Nacido en Auckland, Nueva Zelanda, en 1917, Lydiard supo desde muy joven lo que significaba la rudeza de la vida. A los 13 años comenzó a correr campo a través, forjando su carácter en una historia dura, donde cada logro tuvo que ganárselo a empujones, sudor y temple frente a la incomprensión. La envidia, que siempre persigue al genio, fue su sombra constante. En los Juegos Olímpicos de Roma 1960, la burocracia neozelandesa cometió una de las injusticias más grandes del deporte: a Lydiard no le otorgaron credenciales ni una entrada gratis para ingresar al estadio. Sus propios atletas, mitos de la talla de Peter Snell y Murray Halberg, tenían que salir a hurtadillas de la Villa Olímpica para recibir las instrucciones de su maestro. Aquella tarde mágica en Roma, en el lapso de apenas media hora, Snell conquistó el oro en los 800 metros y Halberg hizo lo propio en los 5.000 metros. El mundo quedó atónito ante la "escuela neozelandesa", pero su creador lo vio desde la tribuna como un espectador más. La justicia tardó, pero llegó. Para Tokio 1964, cuando siete de los nueve corredores olímpicos neozelandeses eran discípulos directos de su sistema, las autoridades no tuvieron más remedio que entregarle sus merecidas credenciales. Tras esa cita olímpica, Lydiard tomó una decisión trascendental: dejó de entrenar atletas para dedicarse a entrenar entrenadores, sembrando su pedagogía por el mundo. La huella imborrable en la tierra venezolana. Fue así como la ruta de Lydiard se cruzó con Venezuela gracias a la gestión del Dr. Carlos Felice Castillo. Durante su permanencia en nuestro país en los años 70, el neozelandés no solo enseñó sobre fisiología, kilometraje y volumen; nos enseñó a creer en la capacidad del atleta venezolano.
Lamentablemente, cuando nuestro atletismo comenzaba a cosechar los triunfos continentales fruto de su método, Lydiard tuvo que partir de Venezuela. Las causas de su salida son bien conocidas por la familia del atletismo. Sin embargo, nuestra conclusión, Arthur Lydiard no buscaba dinero; buscaba la gloria, y la consiguió con creces en cada rincón del mundo. Sus detractores, movidos por el celo y la pequeñez de espíritu, no consiguieron nada y la historia pertenece a los creadores, no a los críticos. Hoy, transcurridas más de cinco décadas de aquella visita histórica, el espíritu de Lydiard sigue recorriendo los estadios, las avenidas y las montañas de Venezuela. Aquellos entrenadores y atletas que absorbió su enseñanza en los años 70 transmitieron la antorcha a las nuevas generaciones. Nuestros técnicos aún diseñan los microciclos basándose en la periodización del maestro neozelandés. La premisa fundamental sigue intacta en el alma del fondista criollo: Correr, correr y correr. Desarrollar la capacidad aeróbica, construir la base sobre la cual se erigen las grandes victorias y mantener la disciplina férrea ante la adversidad. Arthur Lydiard se fue físicamente, pero se quedó para siempre en la memoria metodológica de nuestros entrenadores y en la zancada de cada fondista venezolano que sale a devorar kilómetros al amanecer. Mientras haya un entrenador venezolano transmitiendo su saber y un atleta persiguiendo sus sueños, el sueño de Lydiard y la visión de Carlos Felice Castillo seguirán más vivos que nunca. Imagenes Cortesía de la Web

Arthur Lydiard en Venezuela: El legado eterno del maestro del fondo y el genio.

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