Persiguiendo el Sueño Olímpico. Atletismo Venezolano y Mundial, Hipismo, Variedades, Historias, Cuentos, Mini-biografías y Anécdotas del Olimpismo.
jueves, 23 de julio de 2026
Ecos de Moscú, entre la Pista y el Arte.
Ecos de Moscú: Entre la Pista y el Arte.
El aire helado de Moscú en aquel verano de 1972 tenía un sabor distinto, denso y cargado de historia. Para nosotros, los atletas de la Selección Nacional de Atletismo de Venezuela, cada paso en la llamada Unión Soviética era una revelación.
Nos encontrábamos en pleno recorrido de nuestra ruta hacia los Juegos Olímpicos de Múnich, alojados en aquel majestuoso hotel frente a la Plaza Roja, donde los adoquines centenarios parecian devolver los pasos de siglos de historia y el imponente Kremlin se alzaba como un vigilante silencioso.
Hoy, esos recuerdos revolotean en mi mente —y estoy seguro de que también en la de mis compañeros de equipo— con el brillo intacto del tiempo. Si cierro los ojos, aún puedo escuchar nuestras risas resonando en los pasillos.
La Magia Inesperada del Bolshói:
El aire de Moscú también guardaba secretos que ninguna pista de tartán podría revelarnos jamás. Instalados frente a la imponente extensión de la Plaza Roja, los atletas de la Selección Nacional de Atletismo de Venezuela respirábamos la atmósfera de una superpotencia.
Pero más allá de los entrenamientos y la tensión competitiva, nuestro entrenador, Lloyd Murat, tenía una visión que iba mucho más allá del cronómetro.
Lloyd Murat nos estaba regalando una visión del mundo, una huella imborrable que nos acompañaría mucho después de que los ecos de Múnich se apagaran.
Aquellos días en Rusia nos unieron como hermanos de camiseta y de vida, dejando en nuestra memoria la certeza de que en 1972, antes de correr hacia la gloria olímpica, aprendimos a volar a través de la cultura y la amistad.
En la Unión Soviética de aquellos años, las compañías de ballet no eran meras expresiones artísticas; el régimen las elevaba como un indiscutible orgullo nacional y una herramienta clave de propaganda cultural.
Sin embargo, tras el telón de terciopelo rojo y los aplausos ensordecedores se cernía una realidad compleja: el férreo control del Estado fomentaba una censura asfixiante, un clima de constante vigilancia que avivaba profundas tensiones y que, con frecuencia, empujaba a destacados bailarines a buscar la libertad mediante la deserción en sus giras internacionales.
Nosotros, jóvenes entregados al sudor y la disciplina del atletismo, éramos ajenos a esas intrigas políticas. Cuando Murat nos anunció una de sus visitas culturales obligatorias —una función de ballet ruso en el emblemático Teatroq Bolshói, mi resistencia juvenil se hizo notar de inmediato.
La Resistencia del Atleta y el Encanto del Escenario.
Confieso que, desde mi ignorancia presidida por la juventud, no quería asistir. Para mí, un muchacho de pista y campo, el ballet sonaba a formalidades ajenas, a un paréntesis innecesario en nuestra ruta hacia los Juegos Olímpicos de Múnich. Prefería el descanso o cualquier charla sobre marcas y zapatillas con mis compañeros.
Pero Lloyd Murat, con esa autoridad inquebrantable que lo caracterizaba y una sonrisa cómplice, nos impulsó a cruzar las puertas del teatro.
El Instante en que el Tiempo se Detuvo.
Aquella noche, el Bolshói nos recibió con su fastuosa arquitectura dorada y un murmullo expectante que flotaba en el ambiente. El programa anunciaba una de las joyas de su repertorio fundamental y de la gran tradición clásica rusa: El lago de los Cisnes.
En el momento en que las luces de la sala descendieron y la orquesta comenzó a tejer las primeras notas de la partitura de Chaikovski, el mundo exterior desapareció.
Los artistas irrumpieron en el escenario con una gracia que desafiaba las leyes de la física.
Cada salto, cada giro y cada sincronía milimétrica desprendían una belleza etérea, casi sobrenatural. Los bailarines flotaban sobre las tablas con una precisión quirúrgica, transformando la fuerza y el rigor técnico en pura poesía visual.
Yo, que había entrado reluctante, quedé congelado en mi asiento, sin mover un solo músculo de mi cuerpo.
El hechizo fue total. Mis ojos se negaban a parpadear por temor a perderme un solo destello de aquella magia.
La maestría de los cuerpos suspendidos en el aire, la luz dorada acariciando las plumas blancas del gran cisne y la intensidad dramática de la música me atravesaron el pecho de una manera que ningún triunfo atlético lo había hecho hasta entonces.
Comprendí, en ese silencio estupefacto, que la perfección y la entrega absoluta compartían la misma esencia, ya fuera corriendo tras un sueño olímpico en una pista o deslizándose con el alma en la punta de las zapatillas sobre un escenario moscovita.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Ecos de Moscú, entre la Pista y el Arte.
Ecos de Moscú: Entre la Pista y el Arte. El aire helado de Moscú en aquel verano de 1972 tenía un sabor distinto, denso y cargado de histor...
-
La leyenda del Waraira Repano, conocido también como el Cerro El Ávila. Es una narración rica en simbolismo y espiritualidad que captura ...
-
La historia del atletismo en Venezuela es un relato que abarca más de un siglo de evolución, marcada por logros significativos, desafíos y l...
-
Grandes Leyendas de nuestro Atletismo, que forman parte del Salón de la Fama del Deporte Venezolano.Grandes Leyendas de nuestro Atletismo, que forman parte del Salon de la Fama del Deporte Venezolano. Parte I. El Atletismo venezolano ha p...



No hay comentarios:
Publicar un comentario